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lunes, octubre 21, 2019

La vida tiene la coherencia del azar

La vida tiene la coherencia del azar.
Como estos dos fetos gemelos. En cierto momento de la gestación falleció uno por motivos indeducibles e incuestionables y con esa empecinada incompatibilidad de convivencia de muerte y vida cuando tan cercanamente se tratan, el feto muerto arrastró al sano consigo, y muertos los dos, sin saberse nunca tampoco cuál fue cuál, si uno fue otro o viceversa, dejaron escapar sus almas, y ya que estos gemelos si hasta nombre tenían y si hasta alguna constitución en algún lado del mundo los nombran gente por qué sus almas se quedarían atrás en esta arbitraria interpretación de existencia, decidieron entonces ir a hacer su rumbo. Y no va que una fue a parar a un feliz renacuajo, que no mucho después de tener patas y ser sapo, su destino fue desparramarse finísimo en el asfalto a continuación de una rueda de ómnibus de media distancia, y la otra a una cucaracha de solitaria vida social pero sistema nervioso gozoso.
La vida tiene la coherencia del azar.

miércoles, agosto 21, 2019

Administrar el fuego

          El arte de administrar el fuego no es cosa fácil. Hay leños que se consumen con la velocidad de un espíritu. Hay otros que hacen brasas que resisten candentes en su interior a pesar de su revestimiento de ceniza.
          La mayor importancia está en no dejar que se extinga nunca, porque empezarlo de nuevo no sólo no es cosa fácil, digamos que es cosa imposible. No tengo fósforos ni encendedor. Ya tapié las puertas y ventanas y mis cataratas perfilan con paciencia cómo las montañas de maderos, papeles y cartones van bajando sin pausa.
          El arte de administrar el fuego consiste en sostener la temperatura justa quemando lo más lentamente posible.
          Yo ya sé que se me va a ir la vida en esto, de todos modos mi hígado no tiene tanta. Corre mi temporizador de cirrosis por un lado y de fuego por éste y ya calculo aproximadamente la fecha de mi fin. Mas si por mi fuera echaría todo más rápido y gozaría calentito de mis últimos días hasta ver la última brasa apagarse para siempre y encontrarme totalmente ebrio frente a las miradas sedientas de los zombies que habrán estado esperando el frío terminal de la casa. A nada le tienen más miedo, al calor de una hoguera y a la mirada de un borracho.
          Pero. He decidido abrigarme y durar más. No necesito mucha comida estando prácticamente inmóvil con un fierro en la mano y las pupilas en las llamas. Y vino sobra más que el aire.
          El arte de administrar el fuego consiste en hacerlo durar hasta que el hada parturienta que vive en la pared de mi hoguera deje de amamantar y sus quintillizas crezcan y puedan salir volando con ella.
          Desconozco el tiempo de crecimiento de las hadas.
          Desconozco también qué relación tienen las hadas con los zombies. Ninguno responde. Sólo miran con significados distintos.
          Yo sólo hablo con ustedes, y ni siquiera, porque todo papel es importante de ser quemado y no leído cuando hace frío y encima la muerte patea las puertas.

viernes, octubre 08, 2010

El patrón salió a caminar a la hora en que la escarcha aún no se derrite del pasto. Caminó lentamente, como un autómata, como un sonámbulo. Se quito las botas y siguió caminando, se quitó la camisa y siguió caminando, se quitó los pantalones y siguió caminando, se quitó la cabeza y siguió caminando, totalmente desnudo siguió caminando. Los peones lo miraron mientras se transformaba en novillo y se metía en el matadero.

lunes, septiembre 13, 2010

Fin de cuento


Un hombre, de aproximadamente 90 años, está parado frente a un muro blanco y con el dedo índice va aplastando rítmicamente las hormigas que están sobre el muro, y una a una las hormigas van cayendo muertas al suelo. Después de un momento se detiene el hombre y mira hacia lo que ha dejado atrás: el muro blanco enorme, larguísimo, interminable, con cantidades casi infinitas de hormigas muertas al pie. Gira la cabeza y mira hacia lo que le queda delante, apenas un par de metros de muro atiborrado de hormigas vivas desde piso hasta arriba. El hombre suspira y dice, Carajo, me quedan todavía diez mil hormigas de vida.